jueves, 28 de noviembre de 2013

La sonrisa etrusca, de José Luis Sampedro

   “En el museo romano de Villa Giulia el guardián de la Sección Quinta continúa su ronda. Acabado ya el verano y, con él, las manadas de turistas, la vigilancia vuelve a ser aburrida; pero hoy anda intrigado por cierto visitante y torna hacia la saleta de Los Esposos con creciente curiosidad. ‘¿Estará todavía?’, se pregunta, acelerando el paso hasta asomarse a la puerta.
   Está. Sigue ahí, en el banco frente al gran sarcófago etrusco de terracota, centrado bajo la bóveda: esa joya del museo exhibida, como en un estuche, en la saleta entelada en ocre para imitar la cripta originaria.
   Si, ahí está. Sin moverse desde hace media hora, como si él también fuese una figura resecada por el fuego y los siglos. El sombrero marrón y el curtido rostro componen un busto de arcilla, emergiendo de la camisa blanca sin corbata, al uso de los viejos de allá abajo, en las montañas del Sur: Apulia o, más bien, Calabria.
   ‘¿Qué verá en esa estatua?’, se pregunta el guardián. Y, como no comprende, no se atreve a retirarse por si de repente ocurre algo, ahí, esta mañana que comenzó como todas y ha resultado tan distinta. Pero tampoco se atreve a entrar, retenido por inexplicable respeto. Y continúa en la puerta mirando al viejo que, ajeno a su presencia, concentra su mirada en el sepulcro, sobre cuya tapa se reclina la pareja humana.
   La mujer, apoyada en su codo izquierdo, el cabello en dos trenzas cayendo sobre sus pechos, curva exquisitamente la mano derecha acercándola a sus labios pulposos. A su espalda el hombre, igualmente recostado, barba en punta bajo la boca faunesca, abarca el talle femenino con su brazo derecho. En ambos cuerpos el rojizo tono de la arcilla quiere delatar un trasfondo sanguíneo invulnerable al paso de los siglos. Y bajo los ojos alargados, orientalmente oblicuos, florece en los rostros una misma sonrisa indescriptible: sabia y enigmática, serena y voluptuosa.
   Focos ocultos iluminan con dinámico arte las figuras, dándoles un claroscuro palpitante de vida. Por contraste, el viejo inmóvil en la penumbra resulta estatua a los ojos del guardián. ‘Como cosa de magia’, piensa éste sin querer. Para tranquilizarse, decide persuadirse de que todo es natural: ‘El viejo está cansado y, como pagó la entrada, se ha sentado ahí para aprovecharla. Así es la gente de campo’. Al rato, como no ocurre nada, el guardián se aleja.
   Su ausencia adensa el aire de la cripta en torno a sus tres habitantes: el viejo y la pareja. El tiempo se desliza…
   Quiebra ese aire un hombre joven, acercándose al viejo:
-           ¡Por fin, padre! Vámonos. Siento haberle tenido esperando, pero ese director…
   El viejo le mira: ‘¡Pobre chico! Siempre con prisa, siempre disculpándose… ¡Y pensar que es hijo mío!’.
-           Un momento… ¿Qué es eso?
-           ¿Eso? Los esposos. Un sarcófago etrusco.
-           ¿Sarcófago? ¿Una caja para muertos?
-           Sí… Pero vámonos.
-           ¿Les enterraban ahí dentro? ¿En eso como un diván?
-           Un triclinio. Los etruscos comían tendidos, como en Roma. Y no les enterraban, propiamente. Depositaban los sarcófagos en una cripta cerrada, pintada por dentro como una casa.
-           ¿Como el panteón de los marqueses Malfatti, allá en Roccasera?
-           Lo mismo… Pero Andrea se lo explicará mejor. Yo no soy arqueólogo.
-           ¿Tu mujer?... Bueno, le preguntaré.
   El hijo mira a su padre con asombro. ‘¿Tanto interés tiene?’ Vuelve a consultar el reloj.
-           Milán queda lejos, padre… Por favor.
   El viejo se alza lentamente del banco, sin apartar los ojos de la pareja.
-           ¡Les enterraban comiendo! – murmura admirado… Al fin, a regañadientes, sigue a su hijo.
   A la salida el viejo toca otro tema.
-           No te ha ido muy bien con el director del museo, ¿verdad?
   El hijo tuerce el gesto.
-           Bueno, lo de siempre, ya sabe. Prometen, prometen, pero… Eso sí, ha hecho grandes elogios de Andrea. Incluso conocía su último artículo.
   El viejo recuerda cuando, recién acabada la guerra, subió él a Roma con Ambrosio y otro partisano (‘¿cómo se llamaba, aquel albanés tan buen tirador?..., ¡maldita memoria!’) para exigir la reforma agraria en la región de la Pequeña Sila a un dirigente del Partido.
-           ¿Te ha acompañado hasta la puerta dándote palmadas en el hombro?
-           ¡Desde luego! Ha estado amabilísimo.
   El hijo sonríe, pero el viejo tuerce el ceño. Como entonces. Fueron precisos los tres muertos de la manifestación campesina de Melissa, junto a Santa Severina, para que los políticos de Roma se asustaran y decidieran hacer algo.
   Llegan hasta el coche en el aparcamiento y se instalan dentro. El viejo gruñe mientras se abrocha el cinturón de seguridad. ‘¡Buen negocio para unos cuantos! ¡Cómo si uno no tuviera derecho a matarse a su gusto!’ Arrancan y se dirigen hacia la salida de Roma. A poco de pagar el peaje, ya en la Autostrada del Sole, el viejo vuelve a su tema mientras lía despacio un cigarrillo.
-           ¿Enterraban a los dos juntos?
-           ¿A quiénes, padre?
-           A la pareja. A os etruscos.
-           No lo sé. Puede.
-           ¿Y cómo? ¡No iban a morirse al mismo tiempo!
-           Tiene usted razón… Pues no lo sé… Apriete ahí, que sale un encendedor.
-           Déjate de encendedores. ¿Y la gracia del fósforo?
   El viejo, efectivamente, frota y enciende con habilidad en el hueco formado por sus manos. Arroja el fósforo al exterior y fuma despaciosamente. Silencio desgarrado tan sólo por un zumbido de motor, susurrar de neumáticos, algún imperioso bocinazo. El coche empieza a oler a tabaco negro, evocando en el hijo recuerdos infantiles. Con disimulo baja un poco el cristal de la ventanilla. El viejo entonces le mira: nunca ha podido acostumbrarse a ese perfil delicado, herencia materna cada año más perceptible. Conduce muy serio, atento a la ruta… ‘Sí, siempre ha sido un chico muy serio.’
-           ¿Por qué reían de esa manera tan…, bueno, así? ¡Y encima de su tumba, además!
-           ¿Quiénes?
-           ¡Quiénes van a ser! ¡Los etruscos, hombre, los del sepulcro! ¿En qué estabas pensando?
-           ¡Vaya por Dios, los etruscos!... ¿Cómo puedo saberlo? Además no reían.
-           ¡Oh, ya lo creo que reían! ¡Y de todo, se reían! ¿No lo viste?... ¡De una manera…! Con los labios juntos, pero reían… ¡Y qué bocas! Ella, sobre todo, como… – se interrumpe para callar un nombre (Salvinia) impetuosamente recordado.
   El hijo se irrita. ‘¡Qué manía! ¿Acaso la enfermedad está ya afectándole al cerebro?’
-           No reían, padre. Sólo una sonrisa. Una sonrisa de beatitud.
-           ¿Beatitud? ¿Qué es eso?
-           Como los santos en las estampas, cuando contemplan a Dios.
   El viejo suelta la carcajada.
-           ¿Santos? ¿Contemplando a Dios? ¿Ellos, los etruscos? ¡Ni hablar!
   Su convicción no admite réplica. Les adelanta un coche grande y rápido, conducido por un chófer de librea. En el asiento de atrás el fugitivo perfil de una señora elegante. ‘Este hijo mío…’, piensa el viejo. ‘¿Cuándo llegará a saber de la vida?’
-           Los etruscos reían, te lo digo yo. Gozaban hasta encima de su tumba, ¿no te diste cuenta?... ¡Vaya gente!
   Da otra chupada al cigarro y continúa:
-           ¿Qué fue de esos etruscos?
-           Los conquistaron los romanos.
-           ¡Los romanos! ¡Siempre haciendo la puñeta! (…)”

   Una sonrisa de beatitud. Salvatore Roncone ríe y elude el verdadero significado de la palabra beatitud, un significado que, en breve, va a cambiar el ritmo de su ya dilatada pero cada vez menos duradera vida. Y es que beatitud no es más que el derivado del latín beatus, cuyo significado es felicidad. Beatus ille, feliz aquel. Y es que es la felicidad y el alcance a ésta y al sentimiento del amor completo, lo que podría sintetizar esta deliciosa y muy recomendable novela del recientemente desaparecido José Luis Sampedro (Barcelona, 1917 – Madrid, 2013), escritor, ensayista, de ideas claramente humanistas y progresistas, y que abogaba por una economía más humana y solidaria, frente al despiadado y deshumanizante capitalismo. En 2010 se le concedió la Orden de las Artes y las Letras españolas, y en 2011, el Premio Nacional de las Letras Españolas.

   ¿Pero cómo se desarrolla ese concepto de felicidad y de sentimiento de amor completo en La sonrisa etrusca? Villa Giulia, museo romano, un anciano está observando fascinado un sarcófago etrusco que representa a un matrimonio cuya sonrisa resulta misteriosa, enigmática para el viejo, de tal manera que le obsesiona. ¿Por qué ríen?, se pregunta. Su hijo responde: una sonrisa de beatitud. Una sonrisa de felicidad…

   Salvatore Roncone, un viejo campesino del Sur de Italia, calabrés, se dirige a casa de su hijo Renato, en Milán, para someterse a una revisión médica de un cáncer que le está royendo por dentro. La Rusca, le llama el viejo a ese misterioso sujeto interior que está acabando con su vida. De camino a Milán, paran en Villa Giulia para realizar unas gestiones en nombre de Andrea, su nuera, y allí es donde conoce ese sarcófago que tanto le obsesiona.

   Su vida, que ha sido intensa, pero también dura, ha trascurrido siempre en el campo de esa región del Mezzogiorno, del sur de Italia, donde la vida y las costumbres son tan antagónicas con las del Norte de Italia, ese Milán que tanto detesta, y que personaliza, en parte, en su nuera Andrea, cuyas costumbres, e incluso las comidas, son, sin duda, tan contrarias a las de ese sur que tanto evoca el viejo. Eso, y su vida de partisano durante la Segunda Guerra Mundial. El viejo llega, pues, a Milán, con un punto de viejo cascarrabias. Pero algo en ese momento varía. Conoce a Brunettino, su nieto, en el que vuelca todo su afecto, y a través del cual descubre la ternura, la felicidad que nunca había tenido, la felicidad completa. Venciendo todos los impedimentos que la enfermedad, pero también las costumbres modernas y “norteñas” de su familia milanesa, de las cuales quiere salvar a Brunettino, va tejiendo una red de cariño y ternura hacia su nieto, que le hace descubrir todo lo que no había sentido en su vida: la felicidad completa. Y a eso, se añade cuando conoce a Hortensia, una mujer de edad que le ofrece pasión, cariño y ternura, algo que va más allá del tipo de amor que había conocido hasta el momento, algo diferente a las grandes pasiones de su juventud, un amor pleno, sin necesidad de grandes demostraciones de sexo, de demostrar la querencia a la persona. Y por medio, las relaciones familiares, siempre difíciles con la nuera; la obsesión por la muerte del Cantanotte, su rival en Roccasera, su pueblo, su relación con los doctores que le tratan, o la relación con Valerio y los profesores universitarios que quieren estudiar con sus relatos, la antropología calabresa, y, sobre todo, una constante evocación de su vida de partisano en la guerra, la lucha contra los fascistas, que utiliza incluso en su lucha diaria contra las costumbres modernas, a las que compara irremediablemente con los tedescos o los fascistas, con las que quieren educar a su nieto Brunettino. Éste y Hortensia van a ser su salvación, el punto sobre donde pivota su descubrimiento de la felicidad completa.

   Un gran sentimiento de amor, de felicidad, de que la vida es corta y que hay que vivir cada día como si fuera el último, de intentar alcanzar la felicidad completa, esa beatitud, la sonrisa etrusca.




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